LATENCIA
Entre la memoria, el secreto y el olvido
Latencia
sust. fem. /laˈten.θja/
Del lat. latentia, de latēre (‘estar oculto’, ‘permanecer escondido’).
1. Estado de aquello que existe sin manifestarse de forma visible o activa.
2. Condición potencial de algo que aún no se revela, pero cuya presencia es real.
3. Fot. Imagen invisible grabada en la emulsión sensible tras la exposición a la luz, que solo se hace manifiesta mediante el proceso de revelado.
4. Psicol. y Fig. Fuerza, deseo o conflicto que permanece en espera de emerger.
La latencia es un proceso silencioso, que ya opera en profundidad aunque la superficie no lo delate. Es ese “casi”. El limbo entre lo que fue y lo que se ve.
Es esa verdad que siempre estuvo presente, aunque nadie pudiera verla.
Dicen que el olfato es capaz de abrir puertas que la memoria juró cerrar.
En la oscuridad absoluta, los olores toman todavía más forma, al punto de alterar la atmósfera. Todo se siente más denso, húmedo y tibio, casi pegajoso. El revelador desprende un aroma a metal y tierra mojada; me recuerda a un medicamento viejo. El baño de paro me hace escocer la nariz, con sus notas ácidas y avinagradas, tan características... Ese fondo químico jamás se ha sentido igual desde la internación.
«From all that we went through, and I tread a troubled track…»
Parece que Amy me habla en el momento justo, como si fuera capaz de transitar conmigo lo que intento olvidar. Aquello que llevo impregnado como el olor a fijador que ahora emana de mis dedos: azufrado, como un huevo podrido olvidado en un laboratorio; persistente... tan resistente que ni tras tres lavados se quita de las manos. ¡A saber cómo ventilo ahora este depósito! Como no tiene ventanas y la puerta es hermética, me ha parecido el sitio ideal para montar el cuarto oscuro. Lo he improvisado en un arrebato y me he tirado un buen rato localizando todos los materiales y preparando las mezclas. ¡Hace tanto que no revelo! Y, sin embargo, todavía me sé cada paso de memoria. Hay cosas que nunca se olvidan, como andar en bicicleta. Oh, pero hay otras que apenas pellizcamos con suerte y, aun así, se acaban escurriendo.
Siento que mis manos se aferran a este carrete con el mismo ímpetu con el cual atajo mis recuerdos. Apenas he empezado a enrollar la película en la espiral de revelado y ya no puedo esperar un segundo más, pero debo tener extrema cautela; este es un momento clave del proceso.
Solo veinte minutos más. Eso es lo que tengo que esperar para revelar la verdad.
¿Estará ella? ¿Al fin la volveré a ver?
Ya no recuerdo su rostro; apenas su nombre. De haber sabido que mi familia quemaría sus fotos... nuestras fotos, al menos habría escondido alguna, como fuera. ¿Quién iba a decir que mi vieja Pentax Spotmatic lo haría por mí? Ha sabido proteger durante cincuenta años lo que yo no pude salvar en cinco minutos. Todo este tiempo, ha albergado mi secreto más preciado en un diminuto rincón de cinco centímetros. Y me vengo a dar cuenta ahora, cuando me sobra el tiempo que me hubiera gustado tener de joven. ¡Qué ironía! Tantas cámaras, lentes y artilugios modernos para acabar descubriendo un tesoro sepultado y olvidado, justo en el origen de todo.
¿Qué otro rehén tendrá mi memoria? Ya hace tiempo que no puedo confiar en ella; no me revela todo lo que quisiera.
¿Y si la fotografía fue mi mejor excusa para rebatir el secuestro de mis recuerdos? Ahora solo me quedan las ganas de haber sacado más fotos...
Tal vez, si no hubiera cambiado pasión por estabilidad, tendría una vida entera en mis manos. Quizás, si no hubiera cambiado amor por seguridad, todavía la tendría a ella en mis brazos, en lugar de a él.
«We only said goodbye with words, I died a hundred times. You go back to her and I go back to, I go back to us.»
Amy no solo me habla; me escucha, me entiende... muere conmigo. Escucharla duele tanto que gusta. Hoy más que nunca, porque resucita mi viejo amor. Mi único amor. Aquel que pesa sin tener forma siquiera.
¿Podré al fin ver su boca? ¿Cómo eran sus ojos?
Ha pasado tanto tiempo que a veces siento como si ella nunca hubiera existido y lo nuestro hubiera sido solo un sueño. Igual nos habríamos ahorrado la pesadilla, pero, ¿acaso habría cambiado algo? Mi nostalgia sería la misma, o incluso peor. ¿Y qué más le queda a un corazón viejo sino recuerdos oxidados y anhelos enterrados? A lo mejor, al final de la vida solo nos queda eso; imaginar la que podríamos haber tenido… Entonces es cierto cuando dicen que el arrepentimiento llega cuando ya es demasiado tarde.
La espiral se resiste a estos dedos torpes, pero ya casi llego al final. A pesar de la absoluta oscuridad, cierro los ojos porque me ayuda a concentrarme.
A veces me acuerdo de respirar.
Siento una gota correr por mi frente; la dejo ser, no puedo quitar las manos ahora.
Me cercioro de que todo esté en su lugar.
Toco el extremo de la película con la yema del dedo. He llegado al final. Tanteo la mesa en busca del tanque de revelado.
Lo tengo.
Levanto la espiral y…
—Julia, ¿estás aquí?
Cuando quise detenerlo, ya era demasiado tarde.
En un cuarto oscuro, el tiempo es crítico; si te pasas o te quedas corto, el resultado se altera.
Yo tardé un segundo en notar la luz a través de mis párpados. Mi gastado cerebro tardó otro segundo en mandarle la orden a mi boca. Entre el susto y los reflejos tardíos, Javier tardó dos más en reaccionar, y uno más en asimilar que tenía que apagar la luz y cerrar la puerta. Cinco segundos bastan para que se eche todo a perder. Ni aunque esté enrollado se puede salvar; la luz rebota en las paredes, entra desde múltiples ángulos como una cuchilla blanca y penetra la espiral de manera irreversible. No hay película que se salve de la inminencia de la luz. Acabará siendo una mera cinta negra de 35 mm. Todo lo que una vez fue imagen ahora quedará de un negro absoluto…
Como mis recuerdos.
Como el cuarto oscuro que ahora me envuelve.
Y como mi alma, que ahora se extingue lentamente; sentencia que también acompaña Amy, como mejor sabe hacer...
«and I go back to... Black... Black... Black…»
Este relato nació de la sexta premisa del Club del Relato.
Seguimos practicando mes a mes 💪.
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Mientras leía, tenía la esperanza de que encontrara lo que buscaba, aunque eso tal vez habría sido más doloroso. A veces la respuesta que tanto anhelamos se convierte en silencio y eso también es una respuesta.
Qué dolorosamente poético.